jueves, 11 de agosto de 2011

PARA SABERME TUYA

Para saberme tuya,
para  ararme de punta a cabo,
no necesitas más que andarme,
que te florezco con besos y palabras,
que te florezco entera si me labras.

Para saberme tuya
solo préstame la palma de tu mano
para ponerte el alma, las ganas, los suspiros,
para poner mi primer aliento
y el último de mis latidos.

 Para saberme tuya
¿no sabes ya, corazón mío?
A donde nos conducen los desvaríos,
que no hay casualidad en el encuentro de dos ríos,
que el mar se crece de arroyuelos
y es la fuerza que impulsa todo sino.

Para saberme tuya
tan solo baja la mirada,
y refugiada en tu aroma
mírame dormida.

Publicado en Diario de Colima Suplemento Ágora el día 17 de julio de 2011

SOMBRAS



Cuando te paras a mi lado
nuestras sombras se enredan
se intercambian, se besan
se confunden y funden.
Luego te vas por tu camino,
y yo voy por el mío,
con la sombra preñada de tí.

Publicado en Diario de Colima suplemento Diario Mujer el 13 de julio de 2011

EL DIA DE LA TROMBA


San Pedro Atocpan es un uno de los 12 pueblos originales de Milpa Alta, delegación al sur del distrito federal y que tiene sus orígenes en pequeños grupos de pobladores chichimecas  que se asentaron en esos altos y abruptos parajes y fueron asimilándose a la cultura náhuatl. Actualmente una moderna carretera cruza la delegación y comunica a éstos pueblos, que conservan muchas de sus tradiciones prehispánicas y su habla náhuatl.
A principios del siglo XX nacería en ese pueblo Doña Ma. Matilde Elvira Romero y Valverde, hija mayor de un acaudalado terrateniente de origen indígena y mi abuela materna.
En aquellos tiempos San Pedro era un pueblo de empinadas calles de tierra, casas de piedra volcánica y techumbres de teja, corrales, nopaleras, magueyes y extensos sembradíos de maíz y frijol de temporal. Carecía de agua entubada, arroyos o manantiales, de manera que se construían enormes pilas circulares para almacenar el agua de la lluvia. Tampoco existía la energía eléctrica, la gente se alumbraba con velas de sebo o con lámparas de petróleo. Se cocinaba sobre comales sostenidos por tres o cuatro piedras, y las cocinas y el pueblo entero olían a humo, a ocote y a tortillas recién hechas.
La época de secas era triste y dura de aguantar, el agua de las pilas se terminaba y la gente tenía que recolectar el rocío que se quedaba en las pencas de los magueyes antes de que el sol las evaporara, también se traía el agua en burros y mulas de un poblado cercano de nombre San Gregorio Atlapulco. El maíz y los frijoles iban mermando, la pastura para las bestias se acababa y el frío secaba poco a poco hasta la última hoja verde, Los niños andaban con las mejillas cuarteadas por el frío, las gallinas se cobijaban bajo alguna higuera, los perros se hacían bola unos contra otros y las personas dormían bajo una misma cobija exhalando blancas nubecitas de vaho, hasta que el sol salía.
Por eso al llegar la estación de las lluvias todo era una fiesta, los campos se llenaban de múltiples tonos verdes. Nacían por doquier florecitas silvestres, floreaban los malvones, las gardenias, los lirios y agapandos. Se llenaban de azahares los naranjos, los limoneros y las limas  y estallaban en flores rosadas los durazneros y los manzanos.
Las golondrinas regresaban describiendo enormes círculos contra el cielo azul, las cocinas aromaban con la preparación del chilatole,  chilatl, caldo de res, pipián, tamales de frijol, sopa de habas, pápalo, acociles traídos de Xochimilco, verdolagas y muchos platillos más que abrían el apetito de chicos y grandes.
 En junio todos se despertaban con el olor a tierra mojada y las campanas de la iglesia llamando a misa. Era la fiesta del Señor de las Misericordias, un cristo que según cuentan, habían  traído unos fieles cruzando los cerros desde un poblado en el estado de Morelos, con la intención de llevarlo a la ciudad de México a reparar, pues estaba muy dañado de sus dedos. Dicen que ésos hombres y el cristo pernoctaron en San Pedro para descansar y que al siguiente día por más que quisieron no pudieron levantar el cristo. Muchos  hombres se sumaron a la tarea para tratar de levantarlo, pero les fue imposible moverlo, así que con tristeza declararon que el Señor de las Misericordias quería quedarse en San Pedro, donde se le acogió amorosamente en una pequeña capilla del siglo XVI de nombre Yencuitlalpan.
El 3 de junio de 1935, mi padre contaba con 10 años y su  hermano con 8. Se estaban celebrando las fiestas del Señor de las Misericordia en la capilla Yencuitlalpan, en la parte más baja del pueblo, en una pequeña explanada llena de tejocotes y sauces llorones y los niños quisieron ir a la fiesta a subirse en los caballitos y jugar a la lotería en la feria que se ponía año con año. Mi abuela era una mujer seca y no le gustaba asistir a fiestas ni ferias de manera que  envió a ambos niños con una muchacha que le ayudaba de nombre Lorenza. Era el día siguiente de la fiesta grande, lunes, y aún era temprano, serían las 3 de la tarde, así que no había mucha gente.
Mas sucedió que Lorenza se encontró a una amiga y se puso a platicar con ella largamente, mientras  tenía a los niños sujetos uno en cada mano. Pasaba el tiempo y ella no los dejaba ir a los juegos ni dejaba su plática, así que por detrás de ella se pusieron de acuerdo para hacer la travesura de escaparse, y a la cuenta de tres dieron un tirón cada uno para su lado, zafándose de su mano y corriendo a toda prisa de regreso a su casa con la pobre Lorenza pisándoles los talones, asustada porque mi abuela pudiera regañarla al ver llegar a los niños solos.
 No bien habían llegado a la casa, se soltó una terrible tromba, El agua bajó a raudales por las laderas de los cerros, a tal velocidad que no dio  tiempo de nada, arrastrando en su corriente piedras, lodo, animales y desembocando impetuosa e inesperadamente en la placita de Yencuitlalpan donde sorprendió a los asistentes a la feria.
El agua se estancó por unos momentos, inundando la capilla hasta más de dos metros de altura y luego barrió de la explanada, feria, vendedores, hombres, mujeres y niños. Después el agua, incontenible, tomó cuesta abajo hacia el pueblo de San Gregorio Atlapulco. Todo fue arrastrado por la Barranca de Texcoli. Los cuerpos de muchas de las víctimas fueron recuperados en San Gregorio, varios kilómetros más abajo. Más de 300 personas perdieron la vida. El sacerdote de la parroquia salvó la vida de milagro, al igual que una pequeña niña que se refugió en el altar de la parroquia. Era un pueblo de temporal, nadie que estuviera presente sabía nadar ni hubiera podido oponerle resistencia a aquel torrente de agua que sobre el terreno cerril se convirtió en una avalancha de agua y lodo, familias enteras perdieron la vida ese triste día.
El presidente de México en ése momento, Sr. Lázaro Cárdenas dio órdenes de que se auxiliara a los pobladores de San Pedro y San Gregorio. Por la ruta de Tláhuac y Mixquic llegaron en camiones de redilas cientos de ataúdes para apoyar a los muchos deudos, gente sumamente pobre que ese día disfrutaba de un rato de esparcimiento o se ganaba la vida vendiendo alguna golosina.
En el  atrio de la Parroquia de San Pedro se encontraba el panteón del pueblo, tal como se acostumbraba en esas épocas, panteón que tristemente se llenó de nuevas sepulturas en unos pocos días por causa de esta terrible tragedia, hasta hace poco era posible ver grupos de lápidas que iban decreciendo en tamaño y en las que se encontraban abuelos, padres e hijos.  
El tiempo ha pasado y hoy el pueblo es la sede de la famosa Feria del Mole, cada año recibe miles de visitantes con entusiasta apetito, las calles están empedradas, las casas de piedra y teja remozadas dan al pueblo un aire pintoresco y de aquella tragedia solo quedan algunas fotografías borrosas color sepia, una marca que el tiempo y las capas de pintura no han podido borrar sobre el muro de la capilla, que marca el nivel al cual llegó el agua ese aciago día y el recuerdo en la memoria de los que eran niños y sobrevivieron, tal como lo hizo mi padre, que salvó la vida por una ocurrente y providencial travesura de niños. 

Publicado en Diario de Colima Suplemento Ágora el día  06 de julio de 2011

LAS PAROTAS

Los que no somos de Colima pero lo consideramos nuestro hogar, recordamos con gran emoción el momento en que pisamos estas tierras:  la entrada a la ciudad , la vista de sus amplias avenidas  limpias y sombreadas, el centro siempre ordenado , los jardines, el recibimiento de su gente cálida y amable, pero sobre todo, el maravilloso impacto que hizo en nosotros la exuberante vegetación, sus floridas primaveras, los tabachines y la infinidad de árboles que hacen que la ciudad viva como bajo un techo verde y fresco. Especial impacto nos producen las parotas, esos hermosos árboles de copa como una sombrilla y troncos robustos que nos dan la sensación de cobijo y frescura.
La parota es un árbol de la familia de las mimosas al que también se le conoce como Guanacastle. Llega a medir de 20 a 30 metros de altura con un diámetro en su tronco de hasta 3 metros.  Lo que ocuparía una recámara de las nuevas casas de interés social. Su copa es más ancha que alta, lo que produce la maravillosa sombra de la que hablábamos. La parte interna del tronco es de color rosado y su madera es sumamente apreciada para hacer muebles y otros objetos. Se le considera como madera preciosa. La parota da frutos que consisten en unas vainas que contienen de 5 a 15 semillas de sabor dulce. Estos árboles maravillosos se encuentran desde México hasta Brasil en zonas costeras, crecen rápidamente, logrando aumentar hasta 10 centímetros en su tronco cada año.
Por desgracia debido a los varios productos que de él se obtienen se le ha sobreexplotado, sin que se haga la resiembra necesaria, hasta la fecha ningún organismo gubernamental se ha preocupado por proteger ésta especie que es símbolo de la región y tan admirada que han tomado prestado su refrescante nombre algunas asociaciones, lugares y expresiones culturales. Organismos no gubernamentales ya han alertado sobre el peligro que corre si no se toman las medidas necesarias para que no se ingrese a la lista de flora en peligro de extinción.
En Colima, tierra de parotas, se ve –desgraciadamente- cada vez con mayor frecuencia, como hermosas y centenarias parotas han sucumbido al embate de la civilización. Se talan sin miramientos para poder construir, ya que ocupan grandes espacios. También se talan porque sus raíces son muy fuertes y llegan a levantar banquetas, pavimentos, bardas y hasta pisos interiores de casas y por último porque al crecer van obstruyendo las vialidades.
Sin embargo las autoridades, antes de otorgar los permisos para su tala o derribamiento,  y todos nosotros en general deberíamos ponernos a pensar en otras cuestiones de consideración: Cada parota constituye una gran fuente de oxígeno, sus raíces y follaje sirven para captar agua y alimentar los mantos acuíferos subterráneos,  su sombra no solo nos es útil para cubrirnos del sol, sino que permite regular el clima. Es el hábitat de aves, mamíferos, insectos y otras plantas y hongos parásitos.
Últimamente se escucha por todas las partes el comentario y la queja de que cada año hace más calor y llueve menos, pues bien, la deforestación es una de las causas de este cambio climático. Cuando se cortan los árboles, nada puede retener el agua, lo que conduce a un clima más seco. La pérdida de árboles también causa erosión debido a que no hay raíces que retengan el suelo, y las partículas de suelo entonces son arrastradas hacia los lagos y ríos, matando los animales en el agua. La deforestación lleva a un incremento del dióxido de carbono (CO2) en el aire debido a que los árboles vivos almacenan dicho compuesto químico en sus fibras, pero cuando son cortados, el carbono es liberado de nuevo hacia la atmósfera. El CO2 es uno de los principales gases "invernadero", por lo que el corte de árboles contribuye al peligro del cambio climático.
Así pues cada parota que cae por acción del hombre perjudica al hombre mismo. Colima es un jardín, un verdadero edén, un paraíso, una región privilegiada a la que todos juntos debemos cuidar. La parota es entonces no solamente un símbolo de belleza y un regocijo para la mirada. La Parota es parte vital de nuestro estado, de cada uno de nosotros. Es una esperanza para la subsistencia del planeta y de la humanidad. No esperemos a ver a Colima sin parotas, no esperemos hasta lamentarnos por el calor, la sequía y la erosión del suelo. Es responsabilidad de todos cuidar el medio ambiente, preservar nuestra hermosa región para nuestros hijos y contribuir a la lucha contra el cambio climático. Es nuestro deber exigir a nuestras autoridades que se respete a los árboles y se cuide de la ecología en general. Veamos en cada parota a un amigo que nos brinda cientos de beneficios y nos acompaña con su belleza como un testigo de nuestra existencia. Colima es nuestro estado, unámonos para protegerlo y para verlo siempre verde.


PUBLICADO EN DIARIO DE COLIMA Suplemento Diario Mujer el 29 de junio de 2011

sábado, 18 de junio de 2011

¿Quién es Papá?

Cuando somos niños, para la mayoría de  nosotros, Papá simplemente es ese señor que se marcha de casa temprano, viene a comer corre y corre (a veces ni eso) y se va de nuevo para no regresar hasta la noche. Papá es a quien esperamos despiertos para poder contarle eso que nos ocurrió y nos tiene tan emocionados. Y también es el que olvida lo cansado que viene cuando nos colgamos de su cuello y le plantamos un beso en la mejilla. 

Y aunque entonces no lo sepamos Papá es quien se desvela haciendo cuentas, sumando y restando mentalmente, tratando de encontrar la fórmula mágica para agregarle unas cuantas horas al día a fin de producir todo el dinero necesario para que nada nos falte o por lo menos para poder pasar un poco más de tiempo con sus hijos. 

Papá es ese hombre que trabaja sin descanso, concentrándose en su labor, aparentemente olvidado de nosotros, pero siempre teniéndonos en el corazón, como su más grande motivación y su motor, parece no estar, pero vela y cuida esmeradamente de nosotros. 

A papá no le hacemos festival en la escuela y cuando se lo hacemos repetimos las danzas que nos aprendimos para mamá…a papá no le agradecemos cuando nos sirven la sopa, ni cuando nos ponemos la camisa recién planchada, papá muchas veces no está para ponernos un curita y abrazarnos cuando nos herimos y el llanto nos ahoga, tampoco es quien borra nuestros garabatos del cuaderno para que los volvamos a hacer…no…Papá es quien debe salir a pesar del calor o el frío para que en la mesa pueda haber sopa, se pague la luz que permite que nuestra ropa se planche, veamos las caricaturas y encendamos la computadora. Papá muchas veces llega tan tarde que nos encuentra dormidos, nos mira y suspira al ver el curita en el codo o la sombra de las lágrimas sobre nuestras mejillas, trata de imaginar que penas nos afligen y se lamenta por no estar más tiempo a nuestro lado, y allí está él, en silencio, porque le tocó ser el fuerte, porque aunque nos ame con la misma ternura que mamá tiene muy pocas oportunidades para demostrarlo y nos lleva a la cama dormidos, nos da un beso en la frente del que no nos damos cuenta y bendice a la vida por tenernos.
Papá es quien usa su día de descanso para jugar al futbol con nosotros, manejar para llevarnos de paseo, o sostenernos la bicicleta mientras aprendemos a andar solos, es quien la suelta en silencio y nos deja ir libres sintiéndose orgulloso y feliz de cada uno de nuestros logros. Papá se queda callado esbozando una sonrisa… y pasa el tiempo, llegan los años de las ilusiones y desilusiones, de los noviazgos, de las primeras decisiones y las primeras rupturas. Papá nos mira, sabe que la vida nos está reclamando, que el tiempo se le ha ido trabajando para nosotros, para que nos volvamos grandes, para que estemos bien, y se alegra, se llena de orgullo de vernos crecidos. A veces, mueve la cabeza sabiendo que nos estamos equivocando…y se queda cerca para poder ayudarnos cuando nos demos cuenta, cuando tropecemos, listo para sostenernos. Nos deja hacer, porque sabe que tenemos que aprender. 

Papá es ese que temblando nos lleva del brazo cuando cruzamos la iglesia vestidas de blanco. El que nos arregla la corbata y nos palmea el hombro cuando vamos a nuestra graduación. Se va haciendo viejo, callado, su luz maravillosa parece pequeña al lado de la luz de nuestra madre, y sin embargo es la luz que todo lo ilumina. Con papá dialogamos con la mirada. 

Papá es ese que aguanta las lágrimas cuando nos mira, porque la ternura la ha llevado siempre en el corazón. En sus manos afanosas, en su incansable hacer nos ha amado silenciosamente, siempre me he preguntado ¿porque al trabajar Papá cumple con una obligación y al cuidarnos mamá cumple con un amor abnegado? ¿No es acaso tan abnegado un afán como el otro? 

Los roles van cambiando en nuestro día a día y cada vez más mujeres tienen que trabajar ya sea para colaborar económicamente o porque son jefas de familia, la labor de la mujer se ve entonces doblemente aplaudida y admirada. Las que hemos tenido que trabajar para solventar los gastos de un hogar podemos comprender los interminables afanes de nuestros padres y de todos los buenos padres del mundo. Un afán y un quehacer amorosamente silencioso, muchas veces incomprendido. 

¿Quién es Papá? Papá es ese que deja la vida suspendida mientras trabaja, para que nosotros podamos vivirla y disfrutarla. Papá es ése ser maravilloso, entregado e insustituible que nos marca el camino con su ejemplo y nos demuestra día con día que nos ama…aunque muchas veces parezca que no nos damos cuenta…que no sea así, quiérelo mucho, agradécele siempre y abrázalo muy fuerte hoy y cada día de su vida.
Feliz día del Padre a todos los papás y a mi padre desde aquí: Gracias Papá. Te amo.

Publicado en Diario Mujer del Diario de Colima el día 16 de junio de 2011